
Coca: "He aprendido con ellos mucho más de lo que haya podido enseñarles yo"
María Antonia García Junquero ha sido la invitada del mes de noviembre en los Encuentros con la Prensa en el restaurante Zaccaría de El Puerto de Santa María. Conocida como "Coca" en el ecosistema del pentagrama, ha escrito varios libros pedagógicos y destaca por su labor docente, acercando la música especialmente a niños con discapacidad
Texto y foto: Luis Miguel Coloma (https://islaflipica.blogspot.com)
Es una portuense nacida en Chipiona a la que un día la vida le abrió una puerta y ella la cruzó. María Antonia García Junquero, desde ahora ‘Coca’ –como le gusta que la llamen y como la conocen-, enviudó a los 29 años, ya con una hija en el mundo. Siempre le gustó la música pero se formó como auxiliar de clínica y trabajó en anatomía patológica. “Aprendí música en el colegio. Piano. Y más adelante, Lenguaje musical, lo que luego se llamó solfeo. También cursé Bellas Artes, donde tuve de profesor a Ramón Zarco”.
Un día, sabedores de su devoción por la música, le pidieron si podía ayudar a un chico que había suspendido esta asignatura y ella accedió. “El chico tenía dificultad para entender las escalas, pero acabó sacando una buena nota y esto atrajo a más chicos. No soy profesora pero necesitaba dinero y decidí que debía hacer aquello para ayudar a mi hija”. Ahí empezó una historia llena de satisfacciones que ya dura 36 años y que ha tallado una sonrisa permanente en su rostro.
Coca ha impartido docencia musical siempre fuera del sistema oficial educativo porque ella no es profesora. Sin embargo, la experiencia con niños pequeños primero –de dos a cinco añitos- y luego con niños con discapacidad, le ha permitido escribir varios libros pedagógicos y defender ponencias en círculos académicos de reconocida solvencia.
“Los pequeños no conocían aún los instrumentos y yo se los mostraba en imágenes. Un día los dibujos ya no alcanzaban y escribí un libro con definiciones y características que titulé Domisol. Éste llegó a manos de la editorial Real Musical, entonces muy fuerte, y hubo un Domisol II y un Domisol III”.
“Después vino ‘Mis notitas musicales’, más básico que Domisol. Por entonces ya tenía de alumno a un niño sordo y buscaba de qué manera podía ayudarle. Aquello era todo un reto para mí. Un día me fui yo sola al edificio de la ONCE en Sevilla y les pedí impartir una clase allí. Necesitaba ver si podía comunicarme con aquellos niños y transmitirles. Aceptaron, lo hice y me contrataron”.
En ese largo y gratificante camino, Coca ha buscado la manera de acercar la música a los niños con distinto tipo de discapacidad. “La experiencia ha sido fantástica y bellísima. Ellos tienen el alma limpia y en muchos casos sienten un gran aislamiento. La música les ayuda a expresarse, a relacionarse. Y he aprendido con ellos mucho más de lo que haya podido enseñarles yo”.
“Mi vocación parte de una habilidad innata para la comunicación emocional que me permite saber, sentir, cuándo un niño necesita interactuar con su profesora”
Ideó un método a partir de unas luces de discoteca, en el que un color responde a tonos graves y otros a tonos agudos. Así, con impulsos luminosos, mostró a chicos y chicas que no sabían lo que era el sonido que cuando tocaban las palmas se producía una reacción cromática. A partir de ésta, Coca les fue enseñando las distintas notas, las escalas, las blancas, las negras, las corcheas, semicorcheas, etcétera. De esta etapa surgió una nueva publicación: ‘Recursos musicales para niños con necesidades educativas especiales’. Y más adelante, ‘Diccionario para futuros músicos’.
“A lo largo de estos años, en función de los retos que se me han ido presentando, he encontrado la manera de hacerles llegar la música también a niños ciegos y a personas con discapacidad intelectual, en este caso, tanto niños como adultos. He aprendido a leer el Braille, aunque no con el tacto, y también el lenguaje de signos”.
A Coca le sonríen los ojos cuando habla de la música. Transmite en cada una de sus palabras el amor profundo y vocacional que siente por ella y hasta su paraguas de Mary Poppins está surcado por líneas de pentagrama y notas de colores.
“Creo que mi vocación de enseñar música parte de una habilidad innata para la comunicación emocional. La que me permite saber, sentir, cuándo un niño que no puede oír o ver necesita ayuda o, sencillamente, interactuar con su profesora”.